jueves, 19 de mayo de 2016

"LA VENGANZA DEL TINTERO" Cuento breve de Patricia Hart / Teatro y Neurciencias

LA VENGANZA DEL TINTERO
Cuento breve de Patricia Hart
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"La venganza del tintero" Cuento breve de Patricia Hart / Teatro y Neurociencias
Ahora, que ha dejado de succionarme con la pluma y que lo puedo ver con toda nitidez sentado en su sillón y la cabeza caída sobre el papel recién escrito, me he propuesto hablar. Y cuando digo hablar me refiero a eso, al don de la palabra hablada. No escrita ni pensada, (pido perdón por la rima involuntaria pero estoy furioso) porque eso hace rato que lo hago. El estaba convencido de que los pensamientos salían de su cabeza. Se vanagloriaba de sus éxitos. Los jurados le entregaban los premios sin saber que era a mí a quien debían premiar. ¡Tanto trabajo! Si al menos me hubiera agradecido.
Al principio yo no tenía conciencia. De tanto succionarme, de tanto sacar y sacar, me fueron quedando vacíos que combinados con la sustancia de la que estoy hecho fueron deformando mis perfiles. Lo que me irritaba sobre manera era cuando me revolvía y deshacía mis contornos. O cuando dejaba tiradas partes de mí en cualquier lugar por descuido o por desinterés. Sabía que no regresarían nunca, que no volverían a pertenecerme. ¡Peor todavía! Sabía que los demás se iban a encargar de hacerme desaparecer cuando me viesen.
Al año de estar con él pensé el argumento, “La saga de los merodeadores”  Fue durante un verano muy caluroso, antes de la revolución del cincuenta y cinco. Debo aclarar que yo sufro mucho el calor, no se, siento que me seco, no resisto el sol. La cuestión es que a pesar de las temperaturas las ideas me surgían ordenadas, atractivas, inquietantes. Y él absorbía mis pensamientos y escribía. Fue un éxito. ¿Me dijo algo? No. Ni una palabra.
Sólo me dejaba en paz cuando escuchaba el noticiero por la radio o la transmisión en vivo de los conciertos del Colón. Inevitablemente yo también me actualizaba. Se me ocurrió entonces hacer notas sobre los acontecimientos políticos, aunque no debo subestimar la capacidad que desarrollé para realizar críticas musicales. Una genialidad. ¿Qué hizo él? Mandó mis notas a los diarios y le llovieron ofertas de todos los medios. Hasta del New York Times le ofrecieron un puesto. Y la televisión de  Montreal lo tentó con un proyecto cultural entre países.
Durante tres años se apropió de  todos y cada uno de mis pensamientos, que fueron muchos. Cuatro novelas, mil doscientos artículos, treinta y dos ensayos. Ya perdí la cuenta. Mi padecimiento ante su ingratitud se me hizo intolerable. Por eso hoy después que me torturó con su pluma dispuesto a plagiar (como era su costumbre) el principio de mi nueva novela, es que decidí hablar. -- Le grité  ¡Basta! ¡Cretino! ¡Canalla!  ¡Mal parido!
El, con la pluma en la mano, me vio a mí, al tintero. Se quedó con la boca abierta, quiso hablar y no pudo. Su cabeza se desplomó sobre la primera frase escrita.

Al día siguiente, la policía lo encontró en la misma posición en que yo lo había dejado. Uno de los oficiales movió el cuerpo y vio mis partes secas en su frente. Puedo suponer, que antes de meterlo en el cajón, intentarán borrarme de su rostro.  Mejor, así no quedo pegado a él. Además, soy muy joven para que me entierren. Otro de los oficiales dijo sorprendido --¡Qué raro este tipo! ¿Por qué no usaba máquina de escribir?—

Claro, yo no quería responderle, tampoco me convenía decirle que no pude seguir soportando tanta desconsideración. A ver si todavía, en una de esas, termino entre rejas o lo que es peor, en el escritorio del comisario. ¡Dios no quiera ese destino para mí! 


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